LA IGLESIA EN LOS TIEMPOS DE SU FUNDACIÓN
Hay en la historia de la Iglesia una época que se considera como su tiempo fundacional. Es el tiempo de Jesús y de sus Apóstoles. A partir de los que creyeron en la resurrección de Cristo por la predicación de los apóstoles, se congrega una comunidad religiosa original que entra en la historia, desde sus comienzos hasta el día de hoy, con la denominación de Iglesia de Cristo. Vamos a reactualizar sus primeros pasos históricos, su génesis, y la fase inicial de su evolución. Hoy se deja sentir con especial intensidad en la Iglesia posconciliar el afán de retornar a la comunidad primitiva, para reconstruir el modelo más genuino de su realización contemporánea
Al retornar a este tiempo fundacional de la Iglesia se nos plantean estos problemas fundamentales : ¿Qué relación histórica hay entre Jesús y la Iglesia? ¿La fundación de la Iglesia es obra del Jesús histórico, o se trata de una invención humana, posterior a su muerte y promovida por los apóstoles? ¿Qué significado tiene afirmar que Cristo es el fundador de la Iglesia, como lo hace la tradición católica? ¿Se dio ya desde los comienzos de la Iglesia uniformidad constitucional y de criterios entre las diversas comunidades cristianas? ¿Cómo se manifiesta la función primacial del apóstol Pedro en la Iglesia primitiva?
1.- LAS PRIMITIVAS COMUNIDADES CRISTIANAS
En tiempo de Jesús y de los apóstoles coexisten en Palestina varios grupos religiosos y partidos, nacidos del judaísmo : los fariseos, rigurosos observantes de la Ley de Moisés y de las tradiciones judías; los saduceos, partido de la casta sacerdotal y de los aristócratas, colaboracionistas de los romanos; los zelotas, partidarios de la liberación de Palestina por la revolución armada; los esenios, comunidad religiosa de judíos muy pietistas, que mantenían una viva esperanza en el Mesías, practicaban la propiedad colectiva y solían vivir en monasterios apartados de las ciudades, como el descubierto en Qumrán, en las orillas del mar Muerto. Con ninguno de estos grupos puede equipararse la nueva comunidad de los cristianos que se constituye primero en Jerusalén, y luego en otras ciudades de Asia, Europa y Africa a partir del siglo I d. C. De su original identidad, en las que todas coinciden, y de su pluriforme configuración en cuanto a modalidades organizativas y estilo de vida nos dan noticia los escritos del Nuevo testamento, en particular las Cartas de San Pablo y los Hechos de los Apóstoles.
- Una comunidad de creyentes de Cristo resucitado
La aparición de la comunidad histórica de cristianos está vinculada a la acción de los apóstoles de Jesús después de los acontecimientos pascuales, resurrección de Cristo y venida del Espíritu Santo. De este acontecimiento nos habla San Lucas en Hc 2, 42-47 ; 4, 32-35 ; 5, 12-16. Esto no significa que la Iglesia primitiva haya nacido exclusivamente de la fe pascual de la Iglesia de Cristo. Como veremos la Iglesia, que es, sin duda, un "hecho de los apóstoles", es radicalmente también un "hecho de Cristo", su fundador.
La nueva comunidad se identifica como comunidad de los creyentes en Cristo resucitado, convertidos y bautizados en su nombre, copartícipes de la fracción del pan y la oración común, practicantes del amor fraterno, seguidores de las enseñanzas de los apóstoles. Evangelio creído, culto, sacramental celebrado, ministerio apostólico operante, comunión fraterna vivida, fijan la estructura en comunidad de la Iglesia naciente.
Esta realidad de la Iglesia, una cuya afirmación es incontrovertible a nivel neotestamentario y nunca oscurecida por la multiplicidad de iglesias locales - la que está en Roma, la que está en Efeso, etc. - , coexiste de hecho con una pluralidad de tendencias, de estilos de vida, incluso de tensiones en el seno de las comunidades primitivas,, en las que no se da la uniformidad eclesial ni ideológica, ni cultural, ni organizativa. Salvaguardada la unidad constitucional y sustantiva en la fe, en los sacramentos y en la aceptación del ministerio apostólico, cada una de las comunidades manifiesta una personalidad distinta, tiene sus propios problemas , soluciones, preferencias, rasgos dominantes distintivos, sin que por esto se rompa la comunión eclesial. Estas comunidades nos ofrecen el primer testimonio de cómo inició la Iglesia de Cristo su marcha por la historia.
- La comunidad de Jerusalén
Es la primera comunidad de cristianos fundada después de los acontecimientos de
pascua. La mayor parte de sus miembros eran judíos conversos ; en menor número estaba integrada también por helenistas, judíos que habían vivido fuera de Palestina (Hech 6, 1). Era una típica comunidad judío - cristiana.
En sus orígenes la comunidad jerosolimitana aparece congregada en torno a los Doce, presididos por Pedro. Posteriormente, junto al grupo de los apóstoles se constituye un grupo de ancianos - "presbíteros"- , institución similar a los grupos de ancianos que ejercían sus funciones directivas en las asambleas judías. Síntoma importante de la tendencia judaizante que se manifiesta en esta comunidad. Con estos ancianos resalta la figura de Santiago - sólo identificado como un pariente de Jesús (Mt 13, 55) -, que llega a ser el responsable inmediato d e esta comunidad, cuando Pedro abandona Jerusalén (Hech 12, 17).
Esta jerarquía de tendencia judaizante es la que ampara una de las pretensiones características de la comunidad de Jerusalén, causa de profundas tensiones en el cristianismo primitivo : la de imponer a los cristianos procedentes del paganismo las obligaciones rituales de la Ley mosaica. Aun reconociendo el destino universal de la salvación de Jesús (Hch 2, 2, 39 ; 15, 7-9, 14), la comunidad de Jerusalén intentó mantener cierta primacía de Israel sobre los otros pueblos, exigiéndoles la práctica de la circuncisión y de otras observancias rituales judías, es decir, judaizar a la Iglesia. Muy distinta era la posición de Pablo y de la comunidad de Antioquía. El conflicto llevaría a la celebración del concilio de Jerusalén, en el que Pedro proclama la igualdad eclesial y radical libertad frente a la ley mosaica de todos los cristianos, y se adopta una solución de compromiso entre los judaizantes y los partidarios de la total ruptura con las prácticas judías.
Si por su apego a la ley mosaica, la comunidad de Jerusalén nos resulta enormemente distanciada de nuestro modo de entender el cristianismo, descubrimos en ella otra característica muy evangélica que nos la hace intensamente atractiva por su proximidad a nuestra conciencia actual: es su apertura a los pobres y la práctica real de la comunión de bienes, como expresión concreta del testimonio cristiano inspirado en el amor fraterno. San Lucas nos informa que los creyentes vendían sus bienes y los ponían a disposición de todos en la comunidad (Hch 2, 42 ; 4, 33-37). Animada por este espíritu, la comunidad de Jerusalén llegó a ser un grupo sociológico de pobres,, tan pobres que fue necesario organizar grandes colectas entre las comunidades de la gentilidad para irla sacando de apuros (Rom 15, 26-28 ; Gal 12, 20 ; 1Cor 16, 1-13 ; 2 Cor 8-9).
Al talante de esta comunidad corresponde la carta atribuida a Santiago, pero probablemente escrita materialmente por otro autor, entre los años 80 y 100. Esta carta - parcialmente silenciada en otros tiempos, hoy muy citada por los cristianos comprometidos - es como un Manifiesto a favor de los pobres y en contra de los ricos injustos, contrapuestos por el autor, como oprimidos y opresores : "¿No son los ricos los que os oprimen y arrastran ante los tribunales? (Sant. 2, 5-7).
Con su práctica de la comunión de bienes y su apertura a los pobres la comunidad de Jerusalén es prototipo de una comunidad muy comprometida en una praxis concreta como expresión de su fe cristiana.
- La comunidad de Antioquía
Fundada por cristianos procedentes de palestina, se caracterizó desde el primer momento por
ser una comunidad pluralista, la primera en la historia de la Iglesia, integrada por antiguos judíos y paganos (Hech 11, 20-21).
El hecho de que en Antioquía los discípulos de Jesús comenzaran a denominarse cristianos revela que éstos tenían clara conciencia de su identidad nueva i original, y al contrario de lo que ocurría en Jerusalén estaban libres del riesgo de asimilarse a una secta judía (Hech 11, 25-27).
En esta comunidad ejercitó su ministerio apostólico San Pablo de manera intermitente
(Hch 11, 25-26) ; 14, 28); habitualmente estaba animada y dirigida por profetas y doctores (Hech 11, 27 ; 13, 11), y probablemente por un consejo de ancianos, según la costumbre introducida en Jerusalén (Hech 14, 23). Parece que fue en Antioquía donde "Los Doce" comenzaron a ser denominados apóstoles, y en el transcurso del tiempo los dirigentes subapostólicos de la comunidad obispos.
Por Antioquía pasó también San Pedro. La comunidad fue testigo del enfrentamiento de Pablo con Pedro., el primer Papa, porque éste se dejó influenciar por los criterios de los judaizantes (Gal 2, 11-14). No obstante, Pablo reconoce en Pedro la autoridad que había recibido de Jesús (Gal 1, 18).
La comunidad de Antioquía se caracterizó también por sus proyección misionera
(Hech 13, 2-3) y por su conciencia universalista manifestada en la gran ayuda que prestaban a otras comunidades cristianas(Hech 11, 28-30 ; 2 Cor 9, 13 ; Rom 15, 26-27 ; 2 Cor 8, 14). No se puede por menos de recordar que fue en Antioquía donde la Iglesia comenzó a llamarse católica, expresión debida a su gran obispo Ignacio (siglos I-II d.C.).
Por todo esto la comunidad de Antioquía fue uno de los centros más importantes del cristianismo primitivo. En su clima han madurado la apertura universal de la Iglesia, su expansión misionera y la conciencia de la comunión católica.
Corinto era una gran metrópoli comercial de la provincia romana de Acaya.
La comunidad cristiana fue allí fundada por Pablo (año 49 o 50), que en última instancia era quien la dirigía, la orientaba y resolvía los problemas. De ello dan testimonio las dos cartas paulinas a los Corintios, clasificados entre los escritos más antiguos del Nuevo Testamento (año 57). La comunidad estaba formada en su mayor parte por gente pobre ( I Cor 1, 26-28).
Una de las características de esta comunidad era la intensa y entusiasta participación de sus miembros en la vida comunitaria, sobre todo, en las celebraciones litúrgicas. Unos como misioneros ; otros , como profetas, oradores políglotas, intérpretes; luego estaban los que hacían milagros, los que tenían el don de curaciones , los que ejercitaban funciones directivas ( I Cor 12, 4-11 y 27, 31). Por este dinamismo comunitario, en el que el espíritu se manifestaba de manera extraordinaria, es Corinto el prototipo de una comunidad carismática. Pero, en definitiva, San Pablo vincula la buena marcha de la comunidad a su autoridad apostólica y a la práctica del amor fraterno inspirado en el Espíritu de Cristo ( I Cor 13, 3 ; 2 Cor 11).
No por la abundancia de dones extraordinarios hay que idealizar a la comunidad de Corinto, como una comunidad perfecta. En ella surgieron tendencias partidaristas y clasistas, que rompían la unión entre los fieles y el amor fraterno. San Pablo tuvo que corregirles por este motivo enérgicamente (I Cor 1, 10-17 : 11, 17-34).
En resumen, ya las comunidad cristiana primitivas, de las que Jerusalén es prototipo de organización jerárquica, Antioquía de espíritu misionero y universalista, Corinto de entusiasmo carismático, nos ofrecen una visión pluriforme, dentro de su unidad fundamental, de la vida de la Iglesia, que aparece como realidad histórica a partir del siglo I d. C. Así mismo, descubrimos ese claro - oscuro de luces y sombras que continuará circundando a la Iglesia a través de los siglos.
- La Iglesia, un Hecho de Jesús
Católicos y protestante coinciden en que es inútil buscar en la predicación de Jesús una
declaración equivalente al acta fundacional de la constitución de la Iglesia. Lo que Jesús anuncia explícitamente antes de su muerte es la llegada del Reino de Dios, no la fundación en curso de una Iglesia. Ya una antigua tradición católica, patrística y teológica , se orientaba hacia el tiempo pospascual como "fecha" de la fundación de la Iglesia por Cristo : el momento de su muerte en la cruz. Es una tradición que ha recogido el Vaticano II : "Del costado de Cristo en la cruz nació el sacramento admirable de la Iglesia entera" (L 5).
No es posible tampoco afirmar la fundación de la Iglesia por Jesús como si él "en vida" estableciera una comunidad religiosa, paralela a otros judíos contemporáneos, formada por judíos y gentiles bautizados, con asambleas de culto propias, con una jerarquía autónoma. Esta forma histórica de la comunidad cristiana primitiva es la de la Iglesia en tiempo pospascual.
¿Cómo se acredita entonces esta Iglesia como "hecho de Jesús" Ciertamente, no por unos episodios o dichos aislados de Jesús, aunque sea el de Mt 16, 18 : "edificaré mi Iglesia". Esta sentencia no se refiere al presente contemporáneo de Jesús, sino al futuro. Lo que se puede decir es que Jesús con todo lo que hizo y dijo durante su vida terrestre puso los fundamentos para la aparición pospascual de la Iglesia después que sus discípulos tienen la experiencia de la resurrección de Cristo y de Pentecostés.
Jesús comienza a poner los fundamentos de la Iglesia con su predicación - evangelio - sobre el reino de Dios, como acción salvadora de Dios mismo, ya presente en sus palabras, en sus obras y en su misma persona (Vaticano II, 1, 5), no restringido a Israel ni a un círculo de puros o justos. En este Evangelio del reino de Dios, del que después de Pascua se hace centro la misma persona de Cristo resucitado fundamenta la propia predicación y todo el dinamismo de la Iglesia naciente.
En el tiempo de Jesús, la eficacia de este evangelio se manifiesta ya en el grupo de los discípulos que él congrega. Los que se hacían sus discípulos se decidían a seguirle, creyendo en su palabra y vinculándose a su persona con la esperanza de salvación. De entre los discípulos, Jesús constituye a los Doce. De los Doce hace destacar a uno, Simón, cuyo sobrenombre Kephas se remonta como al mismo Jesús, según la tradición de la primera comunidad cristiana aramea, , atestiguada no solamente en el evangelio de San Mateo (Mt 16, 18), sino también por San Pablo ( 1 Cor 1, 12 ; 3, 22 ; 15, 5 ; Gal 1, 18 ; 2, 9-11-14). Con los Doce celebra Jesús la Cena de la Eucaristía antes de morir. Predicación del Reino de Dios, discípulos, los Doce, la Eucaristía, son hechos de Jesús que están a la base de la Iglesia.
Considerando estos hechos a la luz de la experiencia pospascual, los Evangelios, en particular el de San mateo, que es el más eclesiástico de todos, interpretan la Iglesia como el discipulado universal de Jesús en conexión con la presencia del reino de Dios. En esta perspectiva, los discípulos aparecen como una anticipación latente de la Iglesia, su anteproyecto germinal. San Mateo refiere a discípulos de Jesús histórico expresiones que responden a situaciones y vivencias de la primitiva comunidad cristiana : son comunidad de "hijos" libres (Mt 17, 24s.), de "hermanos" ( Mt 18, 15ss), que deben prevenirse de falsos doctores y profetas
(5,18s;7, 15 ss) , testigos de Jesús ante los de la sinagoga y los paganos en medio de la persecución (Mt 10, 16-21). Ellos son llamados por Jesús "mi Iglesia", Reino del que dará a Kephas las llaves (Mt 16, 18s). san Mateo es consciente de la continuidad real entre la comunidad cristiana y los discípulos congregados por iniciativa de Jesús.
Entre ambos tiempos históricos, el de los discípulos de Jesús terreno y el de la comunidad cristiana, median los acontecimientos de Pascua y Pentecostés. Dispersados al morir Jesús, los discípulos del Reino de Dios (Mt 13, 52) se vuelven a congregar después de Pascua y se constituyen en comunidad sobre el fundamento de Jesús que ha resucitado y el espíritu que les ha enviado Cristo. Desde que comienza la fe en la resurrección existe la Iglesia, que se manifiesta el día de Pentecostés y que desde la primera generación de cristianos es denominada Iglesia de Cristo.(Rom 16, 16 ; Gal 1, 22). Es después de la resurrección, es decir, en el tiempo de la experiencia pospascual de los discípulos cuando Jesús resucitado confirma y explicita los rasgos fundamentales de su Iglesia : el bautismo y la misión universal
(Mt 28, 16-20), el ministerio apostólico del perdón de los pecados (Jn 20, 23), la comida eucarística como centro de la vida comunitaria, momento de la manifestación de Cristo a los suyos y del encuentro con él (Mc 16, 14 ; Lc 24, 13-35), Pedro como pastor encargado de la comunidad de los creyentes en Cristo. (Jn 21).
- Evolución en la Iglesia primitiva
Cambio de gran trascendencia histórica para la Iglesia es el que lleva de Jerusalén pasando
por Antioquía a Roma como centro del cristianismo primitivo.
Y esto precisamente por haberse trasladado allí, según la más antigua tradición, el apóstol Pedro. Según las Cartas de San Pablo, los Evangelios y los Hechos de los Apóstoles, es un hecho claro que Pedro tenía una posición sobresaliente en la Iglesia primitiva. Es reconocido como el primero a quien se aparece el Resucitado ( I Cor 15, 3), es identificado como Kephas según le llamó Jesús (Mt 16, 18), es el que ha de confirmar a los hermanos en la fe (Lc 23, 31), es declarado por el Resucitado pastor de los suyos (Jn 21, 15ss). Estos testimonios expresan la conciencia que tenía la comunidad cristiana primitiva - conciencia viva hasta hoy en la Iglesia católica - de que la posición especial de Pedro remite de una forma u otra a la voluntad de Cristo. Por la primera Carta de Pedro se supone que se encontraba en Roma entre el 61-64.
Por estas fechas la comunidad de Roma goza ya de un prestigio, como lo atestigua San Pablo. "Os saludan todas las comunidades de Cristo" (Rom 16, 16). Como sede de Pedro, a quien sucede el Romano Pontífice, Roma ha perdurado hasta hoy como centro del catolicismo. Constatados estos datos fundacionales de la Iglesia, damos entrada a la historia posterior de la Iglesia en Occidente, que describiremos a grandes rasgos más adelante. Por esta primera aproximación a la trayectoria del cristianismo hemos detectado la inauguración en el mundo de un nuevo tiempo decisivo para la humanidad : el tiempo de la Iglesia de Jesús, a la que nosotros reconocemos como nuestra Santa Madre por la comunicación de la fe en Cristo y de la gracia de Dios.
LA IGLESIA EN VEINTE SIGLOS
La iglesia de Cristo tiene veinte siglos de historia, en su mayor parte transcurridos en un espacio euro - asiático y en el ámbito de la cultura greco - romana. Nuestro trabajo no puede ser más que una aproximación parcial a este complejo acontecer histórico del nuevo Pueblo de Dios en el mundo. Y eso con el afán de robustecer nuestra fe en la santa madre Iglesia y de tomar conciencia de la herencia de la que como católicos somos de alguna manera solidarios, herencia desde la cual nos proyectamos hacia el futuro de la presencia cristiana en la sociedad, sin evadir nuestro compromiso con el presente en la comunidad cristiana y en la comunidad humana. Nos centramos en la historia de la Iglesia en Occidente hasta el vaticano II y en su trayectoria contemporánea en España.
Al abordar esta temática, somos muy conscientes - y queremos que lo sean también los lectores - de que la historia de la Iglesia no puede ser planteada por un creyente al mismo nivel que la historia de cualquier otro acontecer exclusivamente humano. Bajo la fenomenología de la descripción histórica de la vida de la Iglesia, en sus momentos de máximo esplendor o de lamentable decadencia, late la misteriosa realidad de la acción de Dios en los hombres por la fe en Cristo. En consecuencia, toda interpretación de los hechos de Iglesia, si ha de ser integral, desembocará necesariamente en este caso en una teología de la historia. Por ser Iglesia de Dios e Iglesia de los hombres, la historia eclesiástica presenta siempre una dimensión de presencia y eficacia de la acción del Espíritu que guía la navecilla de Pedro y que ha de ser tenida en cuenta para la comprensión de su acontecer histórico, aunque solamente sea asequible a los ojos de la fe. A la luz de esta fe, como cristianos, creemos que cualquiera que sean las apariencias del acontecer empírico eclesial, la Iglesia que lo protagoniza está siempre actualizando entre los hombres de cada época el acontecimiento no visible, pero real, de salvación de Dios por Cristo. Este es el misterio que encierra la historia de la Iglesia para un creyente, y lo subrayaremos, aún más para que el lector lo tenga sin cesar en cuenta a través del claro-oscuro histórico de la Iglesia, que le vamos a proyectar.
1.- EFICACIA CRISTIANA Y FALLOS HUMANOS DE LA IGLESIA
EN LA HISTORIA
La Iglesia del Vaticano II ha dejado ¡de ser triunfalista, y ha reconocido algunos de sus mayores "pecados históricos" para purificarse y presentarse más evangélica de cara al futuro. Con este espíritu de sinceridad y realismo purificador intentamos descubrir el claro-oscuro de luces y sombras en la historia de la Iglesia, sus logros debidos al Espíritu de Cristo que la anima, y sus fallos humanos debido a su condición existencial de ser una comunidad de hombres pecadores. A lo largo de esta trayectoria la imagen histórica que la Iglesia presenta es multiforme : a veces descubriremos en ella rasgos que oscurecen su faz como Iglesia fiel al evangelio, mientras que bajo otras facetas y al mismo tiempo nos llegará luminoso en sus hechos el incesable reflejo de su imagen como Iglesia que permanece en el seguimiento de Cristo, su fundador. A esta historia os acercamos como a la de una familia de la que no se reniega, aunque todo en ella no sea gracia ni gloria, y a la que en medio de la adversidad o de sus deficiencias amamos con mayor admiración y queremos servir con más esforzado empeño.
- La Iglesia clandestina hasta el 313
En los comienzos d su historia, la Iglesia se configura en el, ámbito del Imperio Romano, desde el punto de vista socio - jurídico, como una asociación integrada principalmente por pobre - hoy diríamos proletarios - y clandestina. Así se manifiesta, a partir de la necedad y de la debilidad humanas, la sabiduría y la energía de Dios y las virtualidades del mensaje desconcertante y transformador de la Cruz y Resurrección de Cristo. ( I Cor 1, 17-31).
Jesús mismo pertenecía al proletariado rural de galilea , y los más importantes entre los apóstoles era pescadores, a excepción de San Pablo que pertenecía a una clase social y cultural más elevada. El mismo San Pablo atestigua que los cristianos de Corinto no eran ni "intelectuales, ni poderosos, ni de buena familia, sino "necios, débiles y plebeyos"
(I Cor 1, 26). En su escrito contra los cristianos, Celso (s. II) les desprecia por ser "necios, plebeyos, estúpidos, esclavos, mujerzuelas, chiquillos....cardadores, zapateros, bataneros" (Orígenes, Contra Celso). No faltaban también algunos intelectuales,, nobles y militares, cuyo número con el tiempo iría creciendo El mismo Celso les denuncia a los cristianos como asociación clandestina por estar al margen de las leyes, y en el 202 Septimio Severo todavía declaraba sus reuniones ilegales, y prohibía su difusión. Durante estos tres primeros siglos de su existencia la Iglesia vive en conflicto con el poder establecido en el Imperio. Por su mensaje y su comportamiento por proclamar su libertad radical frente al Emperador y los dioses, a quienes se negaban a dar culto en nombre de Cristo, por se r una "tercera raza" no identificable ni con judíos ni con paganos, los Emperadores y las clases dominantes les consideraban una amenaza de subversión del orden establecido, el político y el socioeconómico. Y desde Nerón a Maximiano (s. I-IV) muchos fueron torturados y muertos. Los mártires cristianos al dejarse matar por su fe en Cristo, son prototipo de una defensa no violenta de la libertad. Su actitud no violenta exasperaba tanto a las autoridades romanas que un procónsul de Asia les increpaba así : "¡Canallas, si estáis decididos a morir, arrojaos por un precipicio o ahorcaos vosotros mismos!" Este modo no violento de dar la vida por un ideal y la reivindicación de la libertad personal para decir no al estado cuando su "orden" entra en conflicto con la propia conciencia son dos aportaciones entre las más valiosas, de la Iglesia en esta época al desarrollo ético de la humanidad. Y esto a pesar de que hubo cristianos que ante la muerte fueron perjuros.
La Iglesia entraba en la historia con la conciencia de haber sido congregada para hacer germinar en medio de los hombres el Reino de Dios. Se siente plenificada por el amor de Cristo y viven en tensión profunda hacia la unión con él, , como había anunciado San Pablo a los primeros cristianos : "Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo" (Ef 5, 25-28).
Con la concentración de la Iglesia perseguida en la vivencia de los misterios de su fe, hay que destacar otro hecho sobresaliente en estos trescientos años : su expansión misionera en el mundo greco-romano. La Iglesia, judía y asiática en sus orígenes, se abre a los gentiles y a la cultura europea. De esta manera se va configurando la realidad religiosa, anunciada por los profetas de Israel y por el mismo Jesús, de un Pueblo de Dios sin fronteras, y se prepara la integración de los hombres, primero los de Europa, sobre una nueva base y una nueva perspectiva : la comunión en un mismo espíritu. Este espíritu no es el del derecho, como había sucedido en el Imperio Romano, sino el de la fe en Cristo resucitado y el de las bienaventuranzas, que transforma el estilo de vida de los bautizados. Las primeras comunidades cristianas realizan a pequeña escala un nuevo orden de convivencia social en el que los valores de libertad, justicia y fraternidad adquieren un valor inusitado. Se produce a sí un impacto radical en el mundo greco-romano, que se orienta desde ahora hacia un nuevo tipo de sociedad edificada sobre la nueva unidad religiosa y su polarización hacia el Dios de los cristianos. La Iglesia ha entrado también en la historia como promotora principal del desarrollo espiritual de la humanidad.
- Del giro constantiniano a la Cristiandad medieval
Durante esta largo período (s. IV-XV) se forja en la conciencia del occidente cristiano la imagen de la Iglesia Imperio. El Papa se encumbra a un nivel paralelo al del Emperador, y ambos detentan las dos "espadas", uno la espiritual, otro la temporal, con las que es regido el Imperio cristiano, la Cristiandad. La Iglesia se inserta en la sociedad con el empeño de construir la "Ciudad de Dios" en este mundo, y se hace promotora de una civilización cristiana para la Europa unida bajo el Papa y el Emperador. Del "Pueblo de Dio" como realidad espiritual, tal como es sentido en la primitiva Iglesia, se pasa al "pueblo cristiano" como realidad cultural, sociológica y política. Del mártir por la fe, al luchador por la fe, a una Iglesia militante : Y surgen las Cruzadas y la Inquisición, que legitiman la violencia, la guerra y la tortura en nombre de Dios.
Si consideramos sus apariencias objetivas y, sobre todo, si las juzgamos con criterios de hoy es difícil reconocer en la perspectiva de la Iglesia - Imperio la faz evangélica de la Iglesia de Cristo. Pero en el transcurso de este largo período hay otros hechos en los que se revela su fidelidad cristiana.
La era constantiniana es la época de los grandes Padres de la Iglesia, de San Atanasio a san Agustín, que expusieron el mensaje de Cristo al más alto nivel de su siglo. Todos vivieron en torno al 400. No ya en la clandestinidad, sino desde sus escritos y homilías dirigidas a la multitud, fueron una voz a favor de los pobres y oprimidos, proclamando a la luz del Evangelio la igual dignidad de todos los hombres, el destino universal de los bienes de la tierra, la malicia de la riqueza injusta, la comunicación cristiana de bienes. Junto con sus elaboraciones de alta teología, hoy se reactualiza su aportación al desarrollo de la doctrina social de la Iglesia. Mx Beer, socialista no creyente, admite que en el trasfondo de la sociedad medieval late una tendencia social revolucionaria, de orientación comunitarista, que se apoya en "las tradiciones del cristiano primitivo, en las esperanzas milenarias, en la moral de los Padres de la Iglesia, en Platón y en el Derecho natural" (M. Beer, Historia general del socialismo y de las luchas sociales, 1965).Entre los Padres de Occidente destaca San Agustín, obispo africano muy conocedor de la cultura romana, renombrado en los ambientes intelectuales de todos los tiempos por sus obras Confesiones y la Ciudad de Dios; una de sus ideas más características en este libro es la concepción de una comunidad cristiana como culminación del desarrollo integral del hombre. Su pensamiento está a la base del gran logro cristiano de la Cristiandad medieval.
También esta es la época de los primeros grandes Concilios de la Iglesia : el de Nicea (325), Constantinopla (381), Efeso (431), Calcedonia (451). Los primeros Concilios suponen un serio y responsable esfuerzo por asimilar, por parte de la Iglesia, las categorías de pensamiento del mundo antiguo y formular en ellas - en fidelidad al mensaje evangélico - los núcleos centrales de la fe cristiana, como hoy proclamamos en el "Credo" de la Misa.
Hacia el año 900 un gran movimiento de renovación de la Iglesia parte del monasterio benedictino de Cluny (Francia). Su ideal era una vida monástica perfecta y la corrección de algunos abusos que se habían introducido en la vida de la Iglesia, sobre todo, la intromisión de los Emperadores y señores feudales en los asuntos eclesiásticos. De Cluny procedía el gran Papa Gregorio VII (1073-85). Dedicó gran parte de su empeño a devolver al Papado su prestigio y a la Iglesia su libertad frente a los poderes temporales, afirmando el derecho exclusivo del Romano Pontífice en cuanto al nombramiento de obispos e investidura del cargo eclesiástico. Su propósito de liquidar esta cuestión de las investiduras a favor de la Iglesia le llevó a enfrentarse con el emperador alemán Enrique IV, quien excomulgado por el Papa tuvo que ir a pedirle perdón a canosa. Son célebres las palabras de Gregorio VII a la hora de la muerte : "Amé la justicia, aborrecí la iniquidad; por eso muero en el destierro".
Hay que destacar en la cristiandad medieval el retorno a una espiritualidad evangélica, que marca en esta época el rasgo más sobresaliente de la vida eclesial en profundidad. Con la imagen de Iglesia - Imperio coexiste una conciencia eclesial correspondiente al ideal evangélico del discipulado de Jesús, que se polariza hacia el aspecto de la "Iglesia espiritual" frente a una Iglesia del poder. Este ideal de una Iglesia vivificada por el Espíritu de Pentecostés y de las Bienaventuranzas es el que inspira profundos afanes de renovación y reforma del estado de cosas existente en la Cristiandad. De este espíritu surge el franciscanismo (s. XIII) como un movimiento de retorno a la pureza del evangelio y del cristianismo primitivo, al servicio de los pobres y de la fraternidad. Al encuentro con la naturaleza y a la simplicidad en el vivir. Hoy san Francisco de Asís sigue siendo un punto de referencia clave en todo afán de renovación evangélica de la Iglesia.
El espíritu cristiano penetró también en la organización y dinámica de la vida social. En los Gremios puede verse una conjunción ideal de intereses por parte de maestros, oficiales y aprendices, que, a la vez que defienden y promueven su trabajo profesional, forman una cofradía de hermanos bajo la advocación de un santo que es su Patrono. Los estragos de la guerra, que parecía constituir la ocupación de los nobles, fueron mitigados por instituciones como la Paz de Dios, que prohibía atacar a clérigos, mercaderes, pobres y peregrinos; la Tregua de Dios, que suspendía los combates en determinados tiempos, principalmente en Cuaresma y Adviento; el Derecho de Asilo, que otorgaba inmunidad a los que se acogían a ciertos lugares, como iglesias y monasterios.
Un juicio de valor sobre la Cristiandad medieval, desde el punto de vista de la eficacia y de los fallos de la Iglesia, ha de ser necesariamente complejo y polivalente. Lo indudable es que en ninguna otra época ni parte del mundo la Iglesia ejercitó hasta ahora un protagonismo histórico tan intenso como en la Europa de la Edad Media. Se ha dicho, tal vez con alguna exageración, que la Iglesia fue en la Edad Media la única institución racional. La sociedad secular estaba moldeada y organizada por la Iglesia y no tenía vida racional propia. Por otra parte, desde el punto de vista intraeclesial, parece como si la Iglesia en los siglos XII y XIII hubiera alcanzado su culminación. Algo así como la edad de oro de su historia. Mirada con ojos críticos del s. XX, esta edad de nuestra Iglesia nos parece más bien un tiempo de esplendor ambivalente. En cualquier caso, hubo unos logros que no se pueden minusvalorar y que justifican sobradamente el que durante tanto tiempo se le haya considerado como el tiempo ideal de la Iglesia.
- De la Cristiandad medieval a las Iglesias en la edad Moderna
Podemos calificar el siglo XIV de "tiempo de inquietud". Los papas tuvieron que fijar su residencia en Aviñón (Francia), abandonando la Roma secular. Estalla la guerra de los cien años que tendrá enfrentadas crónicamente a las naciones europeas. El suspiro de alivio que produjo la vuelta de los papas a Roma quedó inmediatamente ahogado por el problema planteado con la elección del nuevo Papa, que no fue considerada válida por un grupo de Cardenales. La cristiandad se vio ante la increíble situación de tener que prestar obediencia a uno entre dos y aún tres que se le proponían como Papas legítimos. Después de muchos esfuerzos el llamado Cisma de Occidente quedó resuelto en el Concilio de Constanza (1417), donde fue elegido un nuevo y único Papa, previa la renuncia de todos los demás.
La iglesia no permaneció ajena a la influencia de estos movimientos innovadores, que motivan una decadencia de la vida cristiana, en la que incurren incluso algunos Papas del Renacimiento. Ante este estado de cosas,, cada vez con más vigor se proclama la exigencia, inaudita hasta entonces, de una reforma de la Iglesia "en la cabeza y en los miembros". Este nuevo afán de renovación evangélica surge del seno mismo de la Iglesia, impulsado por muchísimos hombres sabios y santos católicos, tanto en la jerarquía como en el pueblo. A lo largo del siglo XV y principio del XVI se dan movimientos constantes que apuntan hacia una auténtica reforma católica, ya iniciada por entonces con la renovación de Ordenes religiosas, la promoción del humanismo cristiano y de la espiritualidad laical, traducciones de la Biblia a las lenguas vernáculas.
A esta misma exigencia, aunque más allá de los límites de la ortodoxia y de la fidelidad al Evangelio, intentó responder desde Alemania Lutero , hijo de un minero y monje agustino. La ruptura protestante es el acontecimiento que, entre todos los demás, marca dolorosamente a la Iglesia en esta época desde el punto de vista de su vida interna. Por el protestantismo, cuyo desarrollo no podemos describir en este breve esquema, la Cristiandad queda disgregada en múltiples Confesiones o Iglesias, rompiéndose la unidad de los cristianos en Occidente : las Iglesias de la Reforma (las protestantes), desgajadas de la Iglesia Madre, la Católico-Romana. La concepción protestante de la Iglesia está resumida en aquellas célebres palabras de la Confesión de Augsburgo, el escrito confesional más importante de la Reforma, en la que se conservan elementos de la auténtica tradición católica : "Enseñamos que siempre deberá existir y permanecer una santa Iglesia cristiana, la cual es la asamblea de todos los fieles, en la que es predicado puramente el evangelio y los sacramentos son administrados rectamente.". Como signo exterior de la autenticidad apostólica de la Iglesia, verdadero, pero no el exclusivo desde el punto de vista católico, el Protestantismo destaca la predicación de la Palabra de Dios : "Toda la vida y toda la sustancia de la Iglesia - afirma Lutero - consiste en la Palabra de Dios".
Como superación del Protestantismo, se consolida en la Iglesia Romana la reforma católica, que tiene su punto de apoyo más decisivo, tanto desde el punto de vista doctrinal como pastoral, en el Concilio de Trento (1545-1563). Con sus decretos dogmáticos Trento clarificó lo que exigía la fidelidad a la fe del Evangelio en conformidad con la auténtica tradición católica, y con sus decretos disciplinares promovió la reforma de costumbres, la formación de los sacerdotes, el impulso de la predicación y la renovación de la catequesis. Bajo el signo "conciliar", como ha sucedido hoy después del Vaticano II, la Iglesia entró decididamente por el camino de la verdadera reforma. En esta perspectiva de la reforma católica hay que destacar la sobresaliente aportación del español Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús. En concreto, su aportación se centró en esta triple tarea: reformar la Iglesia, con la convicción de que los obispos son siempre con el Papa los dirigentes de ella, establecidos por Dios; contener la escisión protestante donde fuera posible; predicar el evangelio en las partes de la tierra recién descubiertas.
Hay que reconocer que durante la etapa postridentina - época del barroco - se acentúa, no sin extremismos, el perfil antirreformador del catolicismo romano con perjuicio por la causa de la restauración de la unidad católica. Hasta nuestros días, al menos antes del Vaticano II, el ser católico conllevaba como rasgo distintivo eminente el ser antiprotestante, incluso hasta el extremo de la oposición violenta. Pero sería inexacto pensar que la vida de la Iglesia, durante este período, estuviera exclusivamente polarizada hacia la apologética antiprotestante. Es una época en la que los mejores de la Iglesia dedican sus esfuerzos a la renovación de la vida eclesial en profundidad : además de S. Ignacio de Loyola, San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús, como reformadores de la Orden Carmelita y primeras figuras de la mística española, San Francisco de sales como renovador de la ascética cristiana, San Vicente de Paúl como uno de los grandes educadores de los sacerdotes, San Juan Bautista La Sale como fundador de los Hermanos de las escuelas cristiana, son algunos de los representantes del gran nivel de vitalidad cristiana que alcanza la Iglesia en esta época postridentina, sobre la que demasiado a la ligera se formulan hoy juicios peyorativos, muy vacíos de imparcialidad histórica.
No queremos ocultar, en aras de una apologética mal entendida, que fue también la Edad Moderna cuando la Iglesia Católica se tildó con otro "anti" del que todavía no se ha deshecho del todo : el de ser antiprogresista en el campo científico. Una obra de Copérnico fue incluida en el Índice de Libros prohibidos (1616), y Galileo fue obligado a retractarse por defender que la tierra no era el centro del universo y que daba vueltas alrededor del sol. Pero hay que tener en cuenta que misión de la Iglesia no es situarse en la vanguardia de los descubrimientos científicos , sino preservar la integridad de la fe del pueblo cristiano. Y a esta preocupación respondía la condenación de Galileo, por considerar que en el contexto de la época ponía en crisis la autoridad de la sagrada Escritura. La afirmación de la primacía religiosa que la Biblia ha de tener para los fieles era el valor fundamental que la Iglesia pretendía defender en aquella coyuntura.
Además hay otros hechos que acreditan una vez más a la Iglesia en esta época como colaboradora al progreso de la Humanidad. La evangelización de América implicó una culturización positiva, a pesar de los múltiples aspectos criticables en el proceso de conquista y colonización, y abrió a aquellos pueblos a los bienes del cristianismo y a la integración en el proceso histórico del mundo civilizado. El P. Las Casas defendió desde el Evangelio ante Carlos V los derechos humanos de los indios. Hombres de Iglesia, como el dominico Vitoria y el jesuita Suárez contribuyeron al reconocimiento del derecho internacional y al desarrollo de las ideas democráticas con su doctrina sobre la soberanía popular como fuente y garantía de toda legitimidad política. El P. Vitoria tiene una estatua en la ONU. Las Órdenes y Congregaciones religiosas realizan una gran aportación, que continuará multiplicándose hasta el s. XX, al desarrollo de la enseñanza y a la organización de la beneficencia, supliendo en parte funciones que progresivamente irá asumiendo como propias de la sociedad civil.
En resumen, se puede decir que en los umbrales de las revoluciones europeas la Iglesia Católica se encuentra consolidada en sus posiciones de maestra, educadora y guía espiritual de la humanidad, posiciones desde las cuales va a afrontar las profundas transformaciones del mundo contemporáneo.
- La iglesia en la época de las revoluciones contemporáneas
El aspecto de la Iglesia como Guía espiritual de la humanidad sobresale, decisivo y determinante, en la imagen de la Iglesia durante el siglo XIX; es más, su fuerza e intensidad, su valor distintivo crece a medida que la Iglesia se ve o se siente obligada a defender y guardar sus posiciones externas e internas contra los ataques ideológicos y concretos que en el campo del dogma, de la concepción del mundo y de la política le dirigen un mundo que se va configurando como cristiano, incluso anticlerical y ateo, la filosofía de la Ilustración y el idealismo y sus consecuencias, el liberalismo y el materialismo (Varios, La Iglesia y el hombre de hoy, Cristianismo y hombre actual, Guadarrama, 1961).
Ante el estado laico, nacido de la revolución, y los ideales de libertad y democracia los católicos se dividieron a lo largo del s. XIX en integristas y progresistas, nuevo fenómeno de la historia del catolicismo contemporáneo. Por su parte, los Romanos Pontífices, a medida que se acentuaba y hacía patente el contenido anticristiano del liberalismo revolucionario, político e ideológico, se alinean decididamente en la resistencia a las libertades modernas en cuanto contradecían el auténtico espíritu del cristiano, y al nuevo rumbo de la sociedad europea. Esta es la actitud que adoptaron, en particular, Gregorio XVI (1831-1846) y, más aún, Pío IX (1846-1878); una de las proposiciones condenadas en el Syllabus de Pío IX es la afirmación de que "el Romano Pontífice puede y debe reconciliarse con el progreso, el liberalismo y la civilización moderna", y el mismo Papa convocó el Concilio Vaticano I para la unificación del mundo católico con vistas a una poderosa demostración de la verdad frente a los errores de la época y la acomodación de la disciplina eclesiástica a las nuevas circunstancias. Mérito capital de este concilio fue la exaltación del Papado, con la definición del Primado y de la infalibilidad pontificia, y la exaltación de la Iglesia, a la que propone como "el gran motivo y el perenne fundamento de la credibilidad y el testimonio irrebatible de su misión divina, a causa de su portentosa propagación, de su eminente santidad y de su inagotable fecundidad en todo lo que es bueno, en su unidad católica y en su invulnerable perpetuidad". En esta coyuntura, la Iglesia, comunidad de los creyentes, consolida su convicción de que ha de buscar su identidad en el marco del espíritu del Evangelio y o en la forma cambiante del espíritu de este mundo.
El proceso revolucionario, sin embargo, continuará desarrollándose, ahora en el nuevo campo, el social; con un nuevo protagonista, el proletariado, y con un nuevo espíritu alentador, el marxismo, que juzga la religión, tal como se vivía en aquellos tiempos, como "el opio del pueblo", al que adormece con una esperanza para la otra vida. Marx (1818-1883), alemán como Lutero, y un ateo descendiente de padres cristianos, intenta aportar una solución al problema social provocado por la revolución industrial y el desarrollo del capitalismo, al margen de los principios cristianos. No se puede decir que la Iglesia del siglo XIX fuera indiferente a los problemas de los obreros. Pero su voz no fue suficientemente fuerte hasta León XIII. De la doctrina social de la Iglesia, tal como se presentaba antes de la Rerum Novarum, Marx opinaba de manera despectiva y caricaturesca : "La doctrina social del cristianismo predica la necesidad de una clase dominante y una clase oprimida; para ésta, se formula piadosamente el voto de que la primera se muestre caritativa. La doctrina social de la Iglesia remite al cielo la reparación de todas las injusticias y, de hecho, justifica la presencia de estas injusticias sobre la tierra. La doctrina social de la Iglesia predica la resignación, el sacrificio, la humildad, la sumisión, bien como un justo castigo derivado del pecado original, bien como una prueba que el Señor, en su infinita sabiduría , impone a los que ha redimido. La doctrina social de la Iglesia predica la resignación, el sacrificio, la humildad, la sumisión, el servilismo, en una palabra, todas las características de la canalla" (Artículo publicado en 1847).
La encíclica Rerum Novarum de León XIII, inspirada en los principios tradicionales de la Moral católica, y publicada 43 años después de haber lanzado Marx y Engels el Manifiesto comunista (1848), daría un mentís a las injustas acusaciones y difamaciones de Marx. La encíclica critica la solución socialista, al mismo tiempo que defiende los legítimos derechos de los obreros, orientándoles hacia la superación de la lucha de clases, e inspirándose en los principios tradicionales cristianos : primacía de la persona, respeto a la justicia, práctica del amor fraterno. La Rerum Novarum impulsó el desarrollo de la conciencia social en el ámbito de la Iglesia Católica, que ha permanecido hasta nuestros días abierta a los problemas socio - políticos planteados en la sociedad actual.
Desde el punto de vista de la vida interna de la Iglesia, el catolicismo del s. XIX hasta la primera guerra mundial está marcado por la imagen de la Iglesia como Institución visible de salvación, en la que se acentúa el aspecto jerárquico y clerical. Sin cesar, la Iglesia continúa renovándose bajo el soplo del Espíritu. Con el pontificiado de San Pío X(1903-14) la actividad de la Iglesia se hace más pastoral, atenta a una renovación interior, llena de sencillez y eficacia. La comunidad cristiana comenzó a vivir más intensamente la vida cristiana, a gustar de la música sagrada, a comulgar frecuentemente. De esta manera se inicia uno de los grandes movimientos modernos de renovación eclesial, que es el movimiento litúrgico.
Con los grandes Pontífices que suceden a León XIII, de Pío X a Pío XII, el papado gana prestigio moral creciente entre los católicos, que comienzan a sentir una entusiasta "devoción al Papa", como Vicario de Cristo en la tierra. Al mismo tiempo se revaloriza la nota de "romanidad" como distintiva de la Iglesia, logrando la Iglesia de Roma ejercer sobre los cristianos separados un poder de atracción cada vez más intenso.
Después de la primera guerra mundial despierta entre los creyentes, tanto a nivel de reflexión teológica como en el pueblo fiel, una nueva experiencia del sentido profundo de la Iglesia. Se empezó a hablar de "redescubrimiento de la Iglesia" y del "signo de la Iglesia". Romano Guardini advertía en tono profético "un proceso religioso de imprevisibles consecuencias está en marcha; la Iglesia despierta en las almas" (Sobre el sentido de la Iglesia, 1922). Como en todo resurgir eclesiológico, hay también en la primera mitad del siglo XX un profundo interés por volver a la Escritura y a los Padres. Puede decirse que estos dos fundamentos, junto con el movimiento litúrgico que puso de relieve con inusitada energía la presencia del misterio de Cristo en las celebraciones culturales, fueron las fuentes fundamentales de la nueva conciencia eclesial. Además en los tiempos de Pío XII, con el desarrollo de la Acción Católica, de los movimientos de espiritualidad seglar y de los Institutos Seculares, se da una reincorporación del laicado a las tareas eclesiales. Aunque de manera muy esquemática, vemos cómo el catolicismo romano de los últimos tiempos emprende decididamente el camino de una renovación a fondo y pluridemensional, que va haciendo más evangélica la faz de la Iglesia como Iglesia de Cristo.
En una visión global de la acción d e la Iglesia como Guía espiritual de la Humanidad en este período, hay que reconocerle como mérito histórico de gran trascendencia, a pesar de algunas deficiencias de su actitud defensiva, el haber dicho "no" a los mesianismos europeos surgidos de la Ilustración, y a los mesianismos socialistas, como respuesta insuficiente a los problemas humanos. Paralelamente, hay que reconocer que estos "profetas del exterior" y los acontecimientos por ellos provocados - signos de los tiempos - han estimulado a la Iglesia hacia una comprensión renovada del Evangelio al servicio de un mundo que es necesario transformar en casa más habitable para todos. Es un empeño que caracteriza a la Iglesia en la actualidad.
Desde el punto de vista de la vida intraeclesial, la Iglesia concluye en la primera mitad del siglo XX concentrada sobre la realidad misteriosa de su vida como Comunidad de fe en Cristo, y revitalizada en cuanto a su dinámica comunitaria como Pueblo de Dios. Consolidada en su identidad evangélica, la Iglesia está dispuesta a dar el gran paso renovador del Vaticano II.
- La iglesia católica en la actualidad
En la línea de la renovación intraeclesial, después del Concilio, han ido sucediendo hechos importantes, como la reforma litúrgica y la creación de nuevas estructuras pastorales a nivel universal (Sínodo de los Obispos y Consejo de Seglares), a nivel nacional (Conferencias episcopales), a nivel diocesano (Consejo de Pastoral), destinadas a hacer más operante la participación activa de obispos, sacerdotes y seglares en la vida de la Iglesia. Por otra parte, los católicos posconciliares, sin renunciar a una Iglesia que pueda servir como Iglesia del pueblo, aspiran a realizarse en verdaderas comunidades, en las que se pueda personalizar la vivencia de la fe, de la fraternidad y del compromiso cristiano.
En la línea del ecumenismo intereclesial hay que destacar las dos entrevistas de Pablo VI con Atenágoras en Jerusalén (1964) y en Estambul (1967), y el levantamiento de la excomunión mutua entre Roma y Constantinopla (1965). Hay que destacar así mismo las conversaciones teológicas entre católicos y anglicanos, intensificadas en estos últimos tiempos, y los encuentros personales entre el Primado anglicano, Arzobispo Fisher y Juan XXIII (1960), Primado- Arzobispo Ramsey y Pablo VI (1966), y el más reciente del Primado Coggan y Pablo VI. A propósito de esta última entrevista, el Papa declaró : "La unión ya no es un puro sueño" ("Ya", 29-4-77). El ecumenismo práctico se vive también en la base. El hecho de que cristianos de todas las confesiones se reúnan para la oración y la convivencia, como ocurre en Taizé desde 1970 con el espectacular "Concilio de los jóvenes", es un acontecimiento frecuente en la vida de la Iglesia actual e insólito en los tiempos postridentinos.
En el plano del servicio al cambio social en el mundo contemporáneo la Iglesia del Vaticano II reivindica y consolida una presencia activa entre las fuerzas de transformación. Ningún marxista científico o militante socialista honrado podrá hoy decir, como lo hacía Marx a propósito de la doctrina social católica de su época, que la Mater et Magistra de Juan XXIII y su Pacem in Terris, o la Constitución conciliar sobre la Iglesia y el mundo - Gaudium et Spes - , o la Populorum Progressio de Pablo VI, no son más que una incitación al servilismo proletario propio de la canalla.
Por parte de "los de fuera" la imagen de la Iglesia como "opio del pueblo están superadas. En este sentido los hechos de la Iglesia está en siendo más eficaces que las doctrinas. Un acontecimiento bien novedoso de la Iglesia Católica en la actualidad en que en Cuba , Hungría, Checoslovaquia, Vietnam del Sur y otros países socialistas está adoptando una actitud realista de coexistencia pacífica dentro de los regímenes comunistas. Otro hecho también inaudito y ambivalente es que sacerdotes y seglares católicos han comenzado a militar em movimientos de oposición de inspiración marxista, como en Chile, Colombia, España, Italia, Francia....y en algunos países se está formando el movimiento de "Cristianos para el socialismo". Verdadero "giro a la izquierda" desde un catolicismo social a un compromiso político revolucionario.
Este movimiento plantea serios interrogantes en cuanto a su legitimidad eclesial, y más adelante veremos algunos juicios de censura por parte de la jerarquía eclesiástica. La futura historia de la Iglesia contará hacia qué rumbo ha conducido el Espíritu al Pueblo de Dios por este camino.
Al contemplar esta Iglesia de los veinte siglos, en cuyo rostro se reflejan las huellas del hombre sometido al poder del mal, hay que reconocer que su mayor servicio histórico es habernos transmitido de siglo en siglo la fe en el hombre destinado a la resurrección como Cristo resucitado, a la liberación definitiva y a la victoria para siempre sobre la muerte. Y estas esperanzas coordinan profundamente con la búsqueda y los anhelos de la humanidad contemporánea.
LA IGLESIA EN LOS TIEMPOS NUEVOS
¿De dónde arranca esta decidida renovación de la vida de la Iglesia de la que hoy somos testigos? Después de la segunda guerra mundial, un católico, Guardini, detectaba "el despertar de la Iglesia en las almas", y un protestante, Dibelius, calificaba proféticamente al siglo XX del cristianismo como "el siglo de la Iglesia". En el ámbito católico surgen los movimientos ecuménico - litúrgico - bíblico, y el del apostolado seglar canalizado principalmente por la Acción Católica. En Francia el Cardenal Suhard apoya la experiencia de los sacerdotes obreros, que representan un nuevo estilo de presencia misionera de la Iglesia en el mundo moderno. Pío XII, con su encíclica Mystici Corporis da profundidad cristológica a la renovada conciencia eclesial que está surgiendo. Y así se va forjando una imagen de la Iglesia más dinámica, más comunitaria, más sacramental, más misionera. Todas estas líneas de renovación eclesial convergen como punto de llegada en el Vaticano II. Encíclicas como la Pacem in terris de Juan XXIII y la Populorum Progressio de Pablo VI, y acontecimientos como la reunión de obispos latinoamericanos en Medellín (1968) esbozarán en el rostro de la Iglesia el perfil de mayor proyección en la coyuntura actual : ser la voz de los que no tienen voz, servir a la liberación plena de todo el hombre y de todos los hombres.
1.- RENOVACIÓN ECLESIOLÓGICA DEL VATICANO II
- La Iglesia , Pueblo de Dios
La Iglesia del Vaticano II renuncia a presentarse en primer plano ante el mundo como "sociedad perfecta", y prefiere la imagen bíblica del Pueblo de Dios para declarar la comprensión que tiene de sí misma : Pueblo de salvación convocado por Dios (mesiánico), mediante Cristo. Por lo cual se reconoce la Iglesia como Pueblo instituido por Cristo para ser comunión de vida, de caridad y de verdad al servicio del Reino de Dios. Su condición existencial es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios, y su condición de pertenencia, la fe en Cristo y el ,bautismo en el Espíritu. Al quedar especificado este Pueblo como "de Dios", frente a otros pueblos históricos, su razón de existir se sitúa en la línea de la dimensión religiosa del hombre, no la política, ni la cultural, ni la económica. La realidad de la Iglesia sólo podrá ser entendida y vivida desde la fe en Dios manifestado en Cristo, y en la perspectiva misteriosa de una muchedumbre reunida por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu santo.
La imagen de la Iglesia como Pueblo de Dios consolida también en el catolicismo romano la convicción de que la Iglesia tiene una estructura comunitaria de base y que, según lo entienda ya la comunidad primitiva, ha de ser vivida como una fraternidad. En consecuencia el vaticano II ha urgido la participación activa de los seglares en la dinámica de la Iglesia. Al menos en teoría, la Iglesia del Vaticano II es una Iglesia desclericalizada. En esta coordenada comunitaria de la Iglesia encuadra el concilio al ministerio jerárquico, entendido como servicio al pueblo cristiano y como función ejercida por todos los obispos con su presbiterio de manera co-rresponsable en unión con el Papa. La colegialidad episcopal aparece, junto al primado del papa, como un elemento perteneciente a la constitución jerárquica de la Iglesia. Así se equilibra la polarización papal que en la Iglesia católica habría provocado el inacabado Vaticano I.
Este Pueblo de Dios no es una entidad abstracta. Se concretiza y personifica allí donde hay creyentes bautizados en comunión con sus obispos y sacerdotes, la Iglesia local. Por su relativa autonomía en cuanto a lo que es accidental en la vida de la Iglesia católica y por la exigencia de adaptación y de respuesta cristiana a las situaciones concretas, la Iglesia local revalorizada por el Vaticano II será un cauce que canalice y desarrolle el legítimo pluralismo de pensamiento y de acción en el ámbito del catolicismo romano. Será la Iglesia local el marco esencial adecuado en que se integren diversas tendencias y movimientos dentro de la unidad católica de la Iglesia.
La Iglesia, que es Pueblo de Dios, no es concebida como inmóvil en su estructura, sino en progreso perenne hacia la plenitud (E 4, 7, 48), ni como anclada en sus formas concretas de existencia, sino en camino hacia una perenne reforma (E6); si sus notas de unidad y catolicidad se consideran como hechos ya cumplidos, sino como realidad que se posee radicalmente y que es, al mismo tiempo, el compromiso de una vocación que realizar y llevar a plenitud. ( I13 ; E4); ni como aclimatada en el mundo, sino como peregrina (I cap VII), siempre dispuesta a pasar de una situación a otra en la perspectiva del Reino de Dios que ha de venir desde la cual actúa como conciencia crítica de todo orden establecido (LR 11, IM 40)
- La Iglesia, Sacramento de salvación
La Iglesia del vaticano II se proclama, según una denominación tradicional olvidada, "Sacramento universal de salvación" (I 48; IM 45 ; M1). Y el Concilio lo explica en síntesis así :"Dios formó una congregación de quienes, creyendo, ven en Jesús al autor de la salvación y el principio de la unidad y de la paz, y la constituyó Iglesia a fin de que fuera para todos y cada uno el sacramento visible de esta unidad salutífera" ( I 19). Esta afirmación sirve como principio de identificación de la Iglesia en una perspectiva integral, y como clarificación de su funcionalidad histórica específica frente a otras sociedades y otros movimientos que pueden fundar los hombres, incluso frente a las realizaciones históricas que han salido del seno de la misma Iglesia, como fue la Cristiandad medieval en su dimensión de civilización cristiana.
En el lenguaje conciliar decir que la Iglesia es "como un Sacramento" significa reconocerse a la vez "humana y divina, visible y dotada de elementos invisibles" (I 2) de tal manera que "la sociedad dotada de órganos jerárquicos y el Cuerpo místico de Cristo reunión visible y comunidad espiritual, la Iglesia terrestre y la Iglesia dotada de bienes celestiales, no han de considerarse como dos cosas, porque forman una realidad compleja, constituida por un elemento humano y otro divino" ( I 8 ). Significa también que la Iglesia, institución empírica, experimentable en sus estructuras visibles y en su actividad, es manifestación e instrumento de la fuerza salvadora de Dios por Cristo. Esta fuerza salvadora hace la unión del hombre con Dios y se proyecta a la unidad de todo el género humano en la liberación del mal, hacia la que tiende la humanidad en su proceso histórico : "La Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano" ( I 1). Allí donde se predica la Palabra de Dios, se celebran los Sacramentos y está presente la comunidad viva de creyentes bautizados, se incoa y se explicita el punto Omega de la salvación hacia la que tienden todos los afanes transformadores de la humanidad en una Humanidad nueva : Cristo libertador .
De la visión conciliar de la Iglesia como Sacramento de salvación universal derivan tres líneas principales de renovación en el catolicismo romano hoy : la acción misionera y la inserción de la Iglesia en diversas culturas (Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia); la renovación litúrgica, centrada en la celebración eucarística, la más experimentada por todos (Constitución sobre Liturgia); compromiso político de la Iglesia en el mundo actual, asumiendo la promoción del progreso justo y el desarrollo de las libertades democráticas, la justicia social, la familia, la cultura, la paz y la comunidad internacional. (Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo).
- Superación del prejuicio antiprotestante
El decreto del vaticano II sobre el Ecumenismo consolida la superación del prejuicio antiprotestante, como objetivo cristiano propuesto al afán de todos los fieles católicos. Prejuicio teológio y pastoral : insuficiencia, incluso falsificación, en cuanto a la valoración eclesiológica del protestantismo, bloqueo apologético del diálogo teológico interconfesional, y por parte de los fieles este típico modo postridentino de considerar a los protestantes como "enemigos de la fe y de la Iglesia católica". El vaticano II pone las bases eclesiológicas, desde el punto de vista católico, para el desarrollo del ecumenismo, movimiento que había dado sus primeros pasos fuera del ámbito de la Iglesia romana.
La cuestión teológica clásica de la identificación de la Iglesia católica romana con la Iglesia de Cristo, que se prestó a interpretaciones exclusivistas, se expresa con una formulación muy rica de contenido. Se afirma, por una parte, que "la única Iglesia de Cristo...subsiste en la Iglesia católica" (I 8); esto es, en la Iglesia católica han permanecido siempre vivos y permanecen ahora todos los elementos sustanciales de la Iglesia de Cristo, aunque, en su trayectoria histórica no haya acentuado siempre en igual medida todos y cada uno de esos rasgos esenciales. Por otra parte, se afirma también que "fuera de su estructura se encuentran muchos elementos de santidad y de verdad que, por ser bienes propios de la Iglesia de Cristo, impulsan a la unidad católica" ( I 8).
En consecuencia, el Vaticano II enseña que no sólo las Iglesias ortodoxas sino también las Confesiones cristianas no católicas que proceden de la Reforma del s. XVI son auténticas Comunidades Eclesiales y algunas de ellas (por ejemplo, las de los cristianos viejo-católicos del s. XVII) han de ser consideradas como Iglesias por conservar el genuino sacerdocio y, por tanto, la verdadera eucaristía.
En general, de las Iglesias y Comunidades Eclesiales separadas afirma el Concilio que, aunque no están en comunión plena con la única Iglesia de Cristo "no están desprovistas de sentido y de valor en el ámbito del misterio de la salvación, porque el Espíritu de Cristo no rehusó servirse de ellas como medios de salvación" (Ec 3).
En esta perspectiva se estimula a los católicos a tomar parte en el movimiento ecuménico, entendiendo por tal las iniciativas dirigidas a promover la unión de todos los cristianos y superar los obstáculos interpuestos para la perfecta comunión (E 4). Recuerda así el Concilio a los católicos que han de apreciar con alegría "los tesoro verdaderamente cristianos que, procedentes del patrimonio común, se encuentran en nuestros hermanos separados" , "las riquezas de Cristo y las virtudes en la vida de quienes dan testimonio de Cristo, y, a veces, hasta el derramamiento de su sangre", de forma que "todo lo que obra el Espíritu santo en los corazones de los hermanos separados puede conducir también a nuestra propia edificación".
El Concilio enseña también que los valores espirituales, litúrgicos, teológicos de nuestros hermanos cristianos, aportarán, en el momento deseado de la unión, elementos riquísimos que manifestarán más plenamente la auténtica catolicidad y apostolicidad de la Iglesia" (Ec 4).
"Por el impulso del Espíritu Santo (Ec 1), hemos recibido la gracia de comprender que lo que nos une es más que lo que nos separa. Esta constatación alentada por el Vaticano II, ha hecho surgir entre los católicos una actitud nueva de fraternidad con los ortodoxos y los protestantes separados, pero "hermanos", también cristianos.
- Apertura de la Iglesia al mundo
En la línea de la plenitud existencial de la Iglesia, el Vaticano II ha prestado singular atención a las relaciones del Pueblo de Dios con el mundo. Porque el único espacio vital en que se desarrolla históricamente la Iglesia no es otro que el hombre concreto, por eso "la Iglesia se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia" (IM 1). La Constitución pastoral Gaudium et Spes sobre este tema fue el documento de mayor incidencia en la renovación de la conciencia política de los católicos, cuyo alcance está aún en las primeras fases de desarrollo.
A partir del Vaticano II se instaura un nuevo estilo de confrontación de la Iglesia con la comunidad humana y su dinámica histórica, política y social, económica y cultural, científica y técnica. Una nueva imagen de la Iglesia se perfila a partir del Concilio : es la figura de la Iglesia como promotora del hombre en una sociedad libre, justa y fraterna. Y con esto, a los tiempos de confrontación polémica , de condenación o suspicacia, de negación u oposición a las libertades modernas y al progreso, suceden los nuevos tiempos posconciliares de una confrontación positiva y de diálogo con las ideologías actuales, de cooperación de la Iglesia con todos los hombres de buena voluntad en la construcción de la sociedad humana. En la línea de las libertades reconocidas destaca la proclamación de la libertad religiosa. Se supera de esta manera el prejuicio decimonónico de los católico : la Iglesia contra todo lo que no es ella y su derecho, una fortaleza flotante en medio del mundo. Hoy los confines entre la humanidad y la Iglesia se acercan, y al antiguo paradigma de una Iglesia "frente" , "contra" o "sobre" el mundo sucede el nuevo signo de una Iglesia copartícipe "en y con" la sociedad del mismo proceso histórico de liberación, al que la Iglesia aporta su "poder salvador" : "es la persona del hombre la que hay que salvar. Es la sociedad humana la que hay que renovar. Es, por consiguiente, el hombre; pero el hombre todo entero, cuerpo y alma, corazón y conciencia, inteligencia y voluntad" (IM 3).
- Impacto del Vaticano II y evolución posconciliar
El Vaticano II provocaba una aceleración de la historia del catolicismo romano en cuanto a cambio de mentalidad y las reformas concretas que se fueron introduciendo, sobre todo, en el campo de la liturgia. Esto vendría a provocar distintas tensiones entre diversas tendencias y actitudes dentro de la Iglesia en todos los niveles : obispos, sacerdotes, seglares. Unos, aceptaron el concilio plenamente como punto de llegada establecido y se dispusieron plenamente a realizar la renovación marcada por los documentos del Vaticano II en cuanto a mentalidad y orientaciones reformistas. Otros no han aceptado ni la mentalidad conciliar ni su línea de reformas (caso prototipo el obispo Lefebvre, que ha llevado a sus seguidores al borde del cisma, como a los "viejos católicos " el Vaticano I, pero de distinto signo).
Para otros el Vaticano II no representa más que un punto de partida, en muchos aspectos va desfasado, para ulteriores planteamientos ideológicos y decisiones reformistas más radicales en el ámbito de la Iglesia católica. Atendiendo a estas diversas tendencias, se habla hoy de católicos conciliares, preconciliares y posconciliares. El hecho es que el posconcilio en la Iglesia católica no carece de brotes conflictivos, de manera que Pablo VI se ve obligado a dar frecuentes toques de alarma tanto a la derecha como a la izquierda del catolicismo posconciliar. También fue conflictiva la situación en la primitiva Iglesia, cuando la comunidad de Antioquía, alentada por S. Pablo, se decidió a integrar a los gentiles en el cristianismo sin "judaizarles". En los conflictos la Iglesia purifica su fidelidad a Cristo , y expresa su vitalidad.
El posconcilio ha determinado también el desarrollo de la conciencia crítica y de la contestación en amplios sectores de católicos. La Iglesia es sometida a una discusión total. "En la Iglesia - afirma un cronista español - la gama contestataria va desde la crítica a las estructuras y al llamado 'tinglado', de aspecto más disciplinar, hasta el hallazgo de la religión como ideología y la necesidad de desbloqueo (de la Iglesia) con relación al 'aparato' ideológico"
Los hechos y los testimonios citados no llevan al epicentro de la conmoción posconciliar. Una conmoción, desde luego, que no alcanza al pueblo. En el pueblo lo que hay es un creciente desinterés por las cuestiones de Iglesia. En esta coyuntura posconciliar se nos ofrece una
tarea : hacer que la Iglesia viva en nosotros, en nuestro pueblo. Pero ¿qué Iglesia? : ¿La de los mártires?, ¿la de la cristiandad medieval? , ¿la de la contrarrevolución? , ¿la de la Cruzada? , ¿la de la apertura conciliar? , ¿la Iglesia del pueblo, la del socialismo?
2.- LA IGLESIA QUE TENEMOS QUE HACER VIVA
- Comunidad de fe en Cristo Resucitado
Para que la Iglesia viva en el pueblo como Iglesia de Cristo, ha de anunciarse, como comunidad de fe en Cristo resucitado, en quien se ha manifestado Dios, nuestro Padre y el Espíritu que nos congrega en la esperanza de vida eterna. La primera comunidad cristiana se congrega no por la convocación a una lucha contra el colonialismo romano o contra la esclavitud, sino por el anuncio de la resurrección de Cristo, en quien muchos creen y se bautizan en su nombre. Entre los gentiles y los judíos, los nuevos creyentes se identifican como la "tercera raza", la comunidad de Cristo. El anuncio de la resurrección de Cristo Salvador es como la patente de identidad de la Iglesia. Su poder de convocatoria no fue otro que el que le dio el anuncio de la fe en la resurrección de Jesús, para constituirse en grupo diferenciado en medio de la sociedad. Al menos desde este punto de vista resulta claro que cualquier otra convocatoria, como pueden ser la de construir una sociedad socialista o mantener las estructuras de una sociedad capitalista o la de buscar una tercera vía hacia la democracia, etc., no puede presentarse como convocatoria válida para construir la Iglesia en el pueblo.
Esto no significa que los cristianos puedan marginar la política, desentenderse del advenimiento de La libertad y de la justicia por que tantos hombres luchan frente a todas las tiranías y todos los totalitarismos. Significa que el compromiso político por el que puedan optar los cristianos no dará jamás a la Iglesia su identidad evangélica. Esto se basa hoy como ayer en la proclamación del Evangelio, en la conversión a Dios, en la celebración sacramental de la salvación y en la comunión fraterna y apostólica fundada en un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre.. Aunque el compromiso político de los creyentes pueda representar una verificación parcial de identidad cristiana, ésta no depende esencialmente de las obras del creyente sino de lo que ha hecho Cristo. Y lo que hizo Cristo no fue un modelo de acción política o de sociedad, sino un modelo de vida religiosa, de muerte y resurrección, para todos los hombres, y una comunidad para anunciarlo y celebrarlo en su memoria.
Hemos insistido en la afirmación de la identidad específica de la Iglesia, no porque hoy se niegue abiertamente aun por los católicos más politizados, sino para levantar una sospecha radical frente a cualquier intento de reducir la convocatoria de la Iglesia a una llamada a la reconstruccíon humana de tipo político - social, o pretensión de legitimar la pertenencia a ella en virtud de una razón política : "Una Iglesia que contra toda su historia - afirma el teólogo Ratzinger - y su naturaleza sea considerada únicamente desde un punto de vista político, no tiene ningún sentido y la decisión de permanecer en ella, si es puramente política, no es leal, aunque se presente como tal"
En el plano personal, si asumimos la identidad de Iglesia, nos sentiremos estimulados a revisar y revitalizar nuestra experiencia de fe. Y el ámbito para hacerlo no es otro que la comunidad de creyentes. A distintos niveles de intensidad. Puede ser la comunidad del pueblo cristiano que se reúne en la gran asamblea dominical para escuchar la Palabra de Dios, celebrar la Eucaristía y testimoniar su aceptación del Evangelio como norma de vida, o comunidades más comprometidas en las fidelidades evangélicas de la Iglesia. En todo caso, lo decisivo para identificarnos como Iglesia es personalizar la fe como opción consciente y libre.
- Comunidad de Pueblo de Dios
Para que la Iglesia viva en el pueblo como Iglesia de Cristo, ha de realizarse como Iglesia del Pueblo de Dios. Por ser "de Dios", al identificarnos como Iglesia, declaramos decididamente nuestra condición de hombres religiosos. Hoy que la religión ha dejado un espacio vacío en el hombre de la sociedad científica, técnica y revolucionaria, y se ha perdido la confianza en la eficacia humanizadora de lo religioso. El Vaticano II nos clarifica sin rodeos que "la misión de la Iglesia es religiosa y, por lo mismo, plenamente humana" (IM 11), aunque no sea una "misión de orden político, económico o social" (IM 42). Una visión lúcida de la sociedad actual capta que en ella el hombre no tiene libertad, no se organiza con justicia...y vive sin religión, sin el consuelo y la esperanza de referirse a Dios como futuro absoluto y como sentido de la vida. No es misión intrascendente o renunciable para la Iglesia el empeño de devolver al pueblo la religión. Si ella no lo hace, ¿quién lo va a intentar? : ¿las ideologías?, ¿los imperialismos? , ¿las revoluciones sociales' A una Iglesia con misión religiosa se la puede aceptar o rechazar. Si se la acepta ha de ser con y por esta misión. Si se la rechaza, ha de ser a condición de no intentarla suplantar por una Iglesia con misión política, económica o social. Pues entonces no sería la Iglesia. Por circunstancias históricas puede parecer muy urgente hacer una Iglesia beligerante en la revolución, pero lo primordial, lo insustituible será siempre hacer una Iglesia religiosa.. ¿Y no se critica hoy a la Iglesia de la Cruzada? ; ¿merecería otro juicio una Iglesia de la revolución?
Por ser pueblo hay que reconocer a la Iglesia como una base popular cuantitativamente amplia
Y diversificada. Baste recordar la actitud acogedora y convivencial de Jesús con "el pueblo ignorante de la ley", a quienes los fariseos despreciaban y condenaban (Jn 7, 49). Desde este punto de vista, nos hace levantar una sospecha de legitimidad cristiana la pretensión de erigirse en Iglesia de selectos con actitud de excomunión hacia la masa del pueblo cristiano. Un pueblo cristiano que la Iglesia ha recibido como herencia histórica de su acción en otros tiempos, y para el que es sustento y cauce de expresión de su religiosidad connatural. Una religiosidad que encuentra su pleno sentido y significación en la fe de la Iglesia. En medio de este pueblo, las comunidades más comprometidas con el Evangelio y con la misión, pueden ser hoy, como en otro tiempo las fundaciones religiosas o los grupos apostólicos, los núcleos más importantes de revitalización y animación cristiana de la base popular de la Iglesia.
Por ser Pueblo, la Iglesia que hemos de hacer ha de tener una dinámica comunitaria de coparticipación y corresponsabilidad, protagonizada por jerarquía y laicado cristiano. Al principio, el título de "laico" en la Iglesia era expresión de la dignidad y condición de ser miembro del Pueblo de Dios (laos=pueblo). Posteriormente, adquirió connotaciones peyorativas, cuando la Iglesia se clericaliza. En la actualidad, el protagonismo de los seglares en la Iglesia está teóricamente reconocido y alentado. Pero de hecho, las noticias de Iglesia suelen girar siempre todavía en torno a los que protagonizan - hechos y dichos - el papa, los obispos y los curas, teólogos o pastores. Las nuevas generaciones de las comunidades cristianas tendrán que ir superando en la praxis concreta este clericalismo persistente. Por razones eclesiológicas y por el contexto histórico en el que vive hoy la Iglesia : en una sociedad cada vez más sensible a los procedimientos democráticos resulta anacrónico intentar gobernar al Pueblo de Dios con modelos totalitarios.
Por ser Pueblo, la Iglesia tendrá que asumir la imagen sociológica del pueblo real en que se encarna : si es España, española; si en África, africana.... y si es un pueblo con ricos y pobres, amos y esclavos, será una Iglesia de ricos y pobres, de amos y esclavos. Históricamente así ha sido. No se ha esperado a que cambiaran las estructuras socioeconómicas o políticas para implantar la Iglesia. En la primitiva Iglesia se integraron judíos y gentiles - roanos o griegos -, dos clases políticas y culturales; ricos y pobres, amos y esclavos, dos clases sociales y económicas. De esto son buena prueba las comunidades paulinas, como la de Corinto o la comunidad doméstica de la que forma parte Filemón, hombre pudiente, a quien San Pablo escribe una carta recomendándole a Onésimo, el esclavo ladrón; le había conocido en la cárcel, y, convertido al cristianismo, San Pablo ruega a Filemón que le admita "más que como esclavo, como hermano" (Fil 16). Bajo el Imperio Romano, la Iglesia se implanta sin derrocarlo, y así se encuentra presente para convertir a los pueblos germánicos que son los que liquidaron el imperialismo de Roma.
- Comunidad no revolucionaria , con cristianos comprometidos
Si se afirma que la Iglesia por imperativo constitucional ha de ser política y socialmente revolucionaria en cuanto tal, se ha rubricado el fracaso, la ineficacia y el sin sentido de sus veinte siglos de historia. Los hechos indicados hacen evidente que la existencia y la dinámica religiosa de la comunidad cristiana no está subordinada a un determinado tipo de estructura socio - económica o de régimen político en la sociedad donde se desarrolla.
La comunidad cristiana asumirá al pueblo que congrega en su situación concreta social y política, en principio, sin discriminaciones de clase ni de ideologías; en la nueva humanidad que surge del bautismo "no hay judío o griego, no hay siervo o libre, no hay varón o hembra, porque todos sois uno en Cristo Jesús" (Gal 3, 26-28). Esta utopía cristiana no ha tenido realización sociológica, y el hecho histórico es que la Iglesia "en la que no hay siervo o libre" - coexiste con una sociedad en la que hay opresores y oprimidos. Y una situación clasista conlleva la lucha de clases. No parece que hay impedimento cristiano a que hoy la Iglesia asuma aun pueblo que participa en una dinámica de reivindicaciones justas, como en otro tiempo asumió a los pueblos que luchaban contra el imperialismo romano. Lo que infunde sospecha es la pretensión de implantar desde la comunidad cristiana la opción por la lucha de clases y sus métodos de acción eficaz. Por las razones eclesiales antes sugeridas y por motivos de racionalidad política. Esta exige hacer las cosas bien y con eficacia. De organizar bien y con eficacia la lucha de clases - que no es necesariamente violenta - se encargan partidos, sindicatos obreros, etc. Hacia estos es donde hay que orientar, en una sociedad democrática, a los cristianos que hacen opciones anti-sistema establecido clasista, en vez de mantenerse errantes en el claustro materno de la sacristía. El cristiano podrá asumir la lucha de clases, pero en su espacio secular adecuado. A no ser que la comunidad cristiana en cuanto tal, por razones de suplencia como ocurrió con otras tareas eclesiásticas subsidiarias en el campo de la cultura o de la asistencia social, tenga que ser provisionalmente la voz de los que no tienen voz, y la acción de los que no actúan porque no pueden y tienen derecho a hacerlo.
Hay que reconocer también que la existencia de clases en la primitiva Iglesia - gentiles, judíos y helenistas y esclavos y ricos - dio lugar a profundas tensiones. No es de extrañar que hoy ocurra lo mismo, aunque las tensiones se expresen de otra manera. La tensión entre judíos y gentiles se superó con relativa rapidez en el transcurso del s. I por el desarrollo de la conciencia universalista de la Iglesia, gracias a San Pablo, y por la decadencia de la influencia judía y disminución del grupo en la Iglesia con la destrucción de Jerusalén. La otra tensión, la que provenía del clasismo socio-económico, quedó sin superar a pesar de los esfuerzos de los Santos Padres por convertir a los ricos a la justicia. Y sigue sin resolverse, a pesar de las encíclicas sociales de los Papas. Es una muestra de que la cuestión social desborda, como la política, el área de eficacia histórica específica de la Iglesia. Ella no puede aspirar a ser más que una fuerza entre otras fuerzas que trabajan por el advenimiento de la libertad, de la justicia, de la paz, del progreso humanizador, y que no carecen de sentido en la perspectiva misma de la historia misma de la salvación y de la realización del Reino de Dios. En su proceso histórico la misma Iglesia se ha visto martirizada por la opresión de sus perseguidores, y la supervivencia de una sociedad injusta obstaculiza su realización como signo de la unidad de todo género humano. Sería más fácil su existencia en una sociedad sin clases, donde la persona - el esclavo de hoy - fuera puesto al nivel de libertad, de fraternidad y de convivencia que le corresponde, según San Pablo, "como hombre y como cristiano" (Fil 16). Una sociedad comunitarista y personalista, humanizada por el Evangelio, sería el espacio ideal para una Iglesia del pueblo. Por consiguiente, hacer que la Iglesia viva en el pueblo no puede plantearse al margen de los esfuerzos de los cristianos, juntos con los hombres de buena voluntad, para eliminar las causas estructurales y personales de la opresión política y de la injusticia social.
- Comunidad de comunidades por la gracia de Dios
Para que la Iglesia viva en el pueblo como Iglesia de Cristo, que no infunda a la ya quebrantada fraternidad humana un germen más de ruptura, sino de comunión, la Iglesia tiene que ser entendida y desarrollarse como Comunidad de comunidades. El cristianismo no se puede vivir más que en unas comunidades locales de Iglesia, y en la Iglesia local surgen diversas comunidades intermedias, que en la historia de la Iglesia han revestido distintas formas : parroquias, gremios, cofradías, asociaciones piadosas, grupos apostólicos. Hoy cobran cada vez mayor fuerza las comunidades de base. Si aceptamos la Iglesia como comunidad de comunidades, con todo el realismo diferencial que esto implica, las manifestaciones de pluralismo eclesial no nos infundirán sospecha de ruptura de la unidad católica.
Pluralismo a nivel de comunidad, pues cada una tiene su propio don, su peculiar capacidad de fidelidad evangélica, su propia lucidez, su propia opción. En la primitiva Iglesia fue posible la comunión católica entre Jerusalén, muy sensible a los problemas de ortopraxis, Antioquía, muy misionera, y Corinto, muy litúrgica y carismática. También hoy la Iglesia está marcada por el pluriformismo de sus comunidades, que responde a distintos modelos de intensidad eclesial, de compromiso cristiano, de acción de la Iglesia en la sociedad.
El pluralismo eclesial a nivel de comunidades tiene como sustrato el pluralismo personal dentro de cada comunidad. Cada cristiano es portador de un don, de una gracia, de un carisma, de un reflejo peculiar del Espíritu de Cristo. Este dinamismo carismático es constitutivo para la Iglesia. Sin carismas no se hace una Iglesia que tenga vitalidad; sería como una burocracia de servicios religiosos. San Pablo en sus cartas nos pone de relieve la variedad y la importancia de los carismas en cada Iglesia. En su opinión el que más sobresale es el de profecía, que consiste en transmitir a los demás una palabra de fe, una comunicación inspirada en el Espíritu de Cristo. Su doctrina sobre el Cuerpo de la Iglesia, en el que cada miembro contribuye a la vitalidad de todo, es legitimadora y a la vez explicativa de cómo la unidad eclesial no se rompe por el pluralismo carismático. Como principio de unidad, que salva a la Iglesia de una atomización en sectas y de fundaciones carismáticas extravagantes (caso Palmar de Troya), actúa e mismo Espíritu de Cristo dado a los pastores con la comunidad para discernir el buen carisma del que no sirve para edificar la Iglesia. El Vaticano II ha revalorizado la estructura carismática del Pueblo de Dios ( I 12). Desde nuestro punto de vista personal, esta visión de la Iglesia como Comunidad de comunidades nos estimula a una firme opción de no vivir el cristianismo, nuestra fe, en solitario, porque lo distinto y constitucional de ser Iglesia y de hacer Iglesia es vivir en comunión con otros creyentes. Nos estimula, por lo tanto, a ir en busca de una comunidad concreta donde expresar nuestra fe, desarrollarla y consolidar nuestros compromisos cristianos. Una comunidad donde personalicemos y verifiquemos nuestra identidad de Iglesia como fraternidad de fe, de esperanza, de amor y de vida en el nombre de Cristo. Una comunidad en la que podamos experimentar el gozo de compartir nuestros bienes - lo que somos, valemos y tenemos - y la gracia del Espíritu con los demás. Comunidad para compartir, sobre todo, la Eucaristía, cumbre y centro de la vida de la Iglesia.
La perspectiva del pluralismo eclesial resulta particularmente apropiada cuando se trata de hacer que la Iglesia viva en una sociedad pluralista. En esta línea destaca la legitimidad cristiana de la pluralidad de partidos políticos, de sindicatos, etc... en que pueden militar los católicos en una sociedad democrática, para todos los cuales la Iglesia deberá ser espacio de comunión y fraternidad. Tal posibilidad no está alejada de los intereses de la juventud cristiana, pues cada día aumenta el número de los más jóvenes que se incorporan al ruedo de la praxis política.
- Servidora de la liberación integral del pueblo
Para que la Iglesia viva en el pueblo como Iglesia de Cristo, ha de ser sentida y reconocible como fuerza liberadora. La sacudida pentecostal del anuncio de la resurrección de Cristo, que conmovió a todo el pueblo reunido en Jerusalén y que congregó a la primera comunidad popular de cristianos, fue experimentada como una nueva era de salvación. Desde el punto de vista de la situación humana, personal y colectiva, la primera comunidad cristiana entendió esta salvación de Cristo, por la fe y por la gracia, como una liberación del hombre sometido al poder del pecado y de la muerte. Desde el punto de vista histórico - sociológico, los primeros cristianos interpretaron y vivieron la salvación por Cristo como liberación de los hombres frente al judaísmo. Hoy también, situados en ese mismo plano histórico-sociológico, se acentúa la proyección de esta salvación en función de una liberación político-social frente a la opresión y la injusticia. El cambio de perspectiva parece legítimo y explicable, e impulsado por el buen Espíritu. Levantaría sospecha, sin embargo, cualquier intento de reduccionismo a ese solo aspecto, marginando la plenitud liberadora que implica la eficacia de la Iglesia como Sacramento de salvación. Nos centramos ahora en los signos eclesiales de la salvación de Cristo por la Iglesia, como fuerza liberadora. Damos por supuesto que el destinatario de esta salvación no es otro que el pueblo. Ese pueblo ante el cual Jesús se manifestó "profeta poderoso en hechos y palabras" (Lc 24, 19); pueblo por el cual la primitiva Iglesia "era bien vista"(Hch 2, 27), y por cuya consideración San Pablo no quería ser acusado de antipopular (Hch 28, 17). No un grupúsculo, sino el pueblo es el que polariza los hechos de Jesús y de la Iglesia.
La fuerza salvadora de Cristo llega como liberación del pueblo, mediante la Iglesia, por la Palabra de Dios anunciada, por la celebración de los sacramentos, sobre todo por la celebración eucarística, y por el Espíritu de amor fraterno. Es la fuerza liberadora del perdón de los pecados y la gracia que nos transforma en hijos de Dios para la vida eterna y que es germen de resurrección. Por esta dinámica ininterrumpida a través de los siglos, el pueblo se hace y se actualiza como Pueblo de Dios.
Al pueblo llega la salvación de Cristo como liberación , también mediante la praxis socio-política de la Iglesia. Esta praxis se hace liberadora, cuando la Iglesia, (una fuerza más de liberación en este sentido entre otras que intervienen en el proceso histórico de los pueblos), defiende los derechos humanos y denuncia la opresión y la injusticia. En esta línea liberadora hay que destacar la denuncia que la Iglesia hace del capitalismo y del comunismo establecidos. No al comunismo, "porque hasta el presente no ha desembocado más que en el totalitarismo", según afirma el obispo francés Matagrin, vicepresidente de la Conferencia episcopal; denuncia el capitalismo, no también decidido, porque invierte la jerarquía de valores : "La subordinación de la vida espiritual a la consumición - prosigue el obispo - de la consumición a la producción, de la producción al dinero" (Vida Nueva, Enero, 76). También en esta línea liberadora se sitúa la Iglesia cuando obispos, sacerdotes y cristianos optan por el pueblo de los pobres y de los oprimidos y con acciones concretas reivindican o apoyan la defensa de sus derechos y de las libertades democráticas.
También la praxis de la Iglesia se hace sociológicamente liberadora, cuando ella misma se hace libre de poder y de riquezas, de partidos y del estado. Libertad que necesita la Iglesia para poder ser con honradez la conciencia crítica de la sociedad establecida, garantía para el pueblo de no dejarse alienar por el estado de cosas ni por los poderes de este mundo: económicos, militares, clasistas, ambientales, consumistas, represivos. Libertad que la Iglesia debe ofrecer al pueblo para pertenecer a ella o permanecer fuera. Libertad que la misma Iglesia necesita para realizar su misión, y que no debería fundarse en un "privilegio concordatorio", sino en la libertad ganada para todos, porque "la Iglesia será más libre en una sociedad que afirme la libertad para todos" (Obispo Stein, Enero 1976).
Llega la Iglesia como fuerza liberadora para el pueblo, cuando ella se hace espacio de fraternidad servicial, abierto a todos, sin excluir a los más débiles en la fe, incluso a los que no han pasado de una religiosidad elemental en su búsqueda. Sobre todo, se hará liberadora en esta línea, si descubre la proyección estructural del amor al prójimo, y orienta al pueblo hacia una sociedad en que la comunicación de bienes no sea solamente limosnera, sino también .justa. Esta es una idea dominante en los últimos documentos sociales de Juan XXIII y Pablo VI, y en la Gaudium et Spes del Vaticano II. A propósito de la experiencia del comunismo en China, Radio Vaticano hacía esta consideración: "La experiencia china parece empujar al cristiano a conferir mayor importancia a la praxis, a insistir ininterrumpidamente sobre el empeño moral de una conversión permanente y a profundizar en el sentido estructural y colectivo de la caridad, superando la concepción individualista de un vago amor al prójimo" (Nov. 76). Cuando la Iglesia libera por estos caminos, se incorpora plenamente al proceso de manifestación en el mundo del Reino de Dios. Proceso en el que además intervienen de manera anónima otras fuerzas. Descubrir desde Cristo a los hombres el sentido y el destino de todos sus afanes por una nueva Humanidad, y hacerla germinar es también misión y tarea de la Iglesia (AS 5, 6, 7).
Para nosotros, si nos identificamos con la Iglesia como fuerza libre en pleno sentido, una cosa es bien clara : no sólo debemos verificar en nuestra intimidad una fe que se hace libertad del pecado en nosotros, sino también debemos llevar a cabo una verificación política de nuestra conciencia de creyentes en medio de los procesos del pueblo hacia una libertad y una justicia cada día mayor. Se trata de asumir nuestras responsabilidades socio-políticas como hombres y como cristianos.
Al preguntarnos : ¿qué Iglesia tenemos que hacer para que cuente en el futuro del hombre ?, como respuesta nos empeñamos en actualizar la de un pueblo liberado por Cristo que sirva para construir la nueva sociedad con todo el radicalismo que implica la manifestación del Reino de Dios : verdad y gracia, santidad y vida, justicia y libertad, amor y paz.
Lo que hemos escrito no es para hacerles zumbar la cabeza con muchas ideas sobre la Iglesia. Más que una doctrina, es la vida agitada de la Iglesia en marcha la que hemos querido ayudar a descubrir e interpretar como progresivo desarrollo del mensaje y de la comunidad de Jesús, al ponerse en contacto con diversas coyunturas históricas. Para que reconozcan en esta Iglesia, doliente y marcada por los siglos, el rostro de la Iglesia de Cristo. Ella entra en la historia de la humanidad pero "trasciende los tiempos y las fronteras de los pueblos" (I 9). Será gracia de Dios que les renazca la fe y la esperanza en nuestra Santa Madre Iglesia